martes, 15 de abril de 2014

A reventar

Hora pico. El autobús está lleno, a reventar. Voy hasta atrás. Los obreros se reconocen entre sí y en una coreografía muy discreta, casi invisible, intercambian lugares con las otras personas para estar juntos. Se quedan también atrás. Llevo muchísima prisa: el tiempo está contado.

Cuando llega el momento de bajar, me preparo y anticipo tanto como puedo. Estoy frente a la puerta, que se abre para dejarme salir. Me disparo hacia fuera, pero no salgo: mi mochila quedó atorada con algún artificio del autobús. Hago esfuerzo, esfuerzo. No lo logro. Las puertas se cierran frente a mí y me golpean el codo derecho. "¡Bajan! ¡Bajan!" El autobús lleno habla, grita a quien lo conduce. "¡Bajan!"

Los obreros maniobran rápido y sacan mi mochila de donde está. La puerta se abre y bajo de inmediato. Salgo. A la vez les agradezco con la voz y con la mano. Corro. Corro. Corro.

Ahora pienso en las semillas de pequeñas acciones colectivas. Creo que lo que veo en los autobuses es siempre reflejo de muchas otras cosas. Que no nos vamos a quedar pasmados, toda la vida, que vamos a organizarnos para hacer algo cuando más puertas se cierren en nuestras caras o en las de otrws.

Hay una bomba. ¿Qué va a pasar cuando estalle? ¿Qué va a pasar cuando reviente?

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