Soy un árbol. Uno de aquellos en pequeños cerros a los que acude la gente para contar un secreto. A mis agujeros les han dicho uno por cada estrella, y me han cubierto con el barro del silencio para que no los fuera a soplar al viento. Lo que no saben es que yo los recuerdo seguido, que me los cuento para soportarlos, y para hacer frente a tanto dolor.
En mis ramas crecen las historias y mis flores tratan de narrarlas, pero nadie las escucha: sólo yo puedo permitirme tocar cada tema, cada hoja en la que alguien ha escrito, inmortalizando para tratar de olvidar. Mis raíces se alimentan de los sueños, los deseos, los temores: los recuerdos y los momentos habituales, la cicatriz que después llega para distinguirlos.
Entre tantas marcas, una me salta a la vista. Qué digo: a los sentidos, a todos. Es la pequeña sutura en mi piel rugosa que revela las vidas de un hombre y de una mujer que se cruzaron en un punto para no volver a encontrarse. Se separaron y pasó el tiempo; después trataron de tomar cada uno un tren con el mismo destino. En su paso por las vías y las estaciones no volvieron a verse, por más que se tuvieron en frente. Tren tras tren, vagón tras vagón: es lo que pasa con el amor a destiempo, con los corazones detenidos que como relojes rotos no podrán sincronizarse más.
Soy un árbol sorprendido por aquella visita. El hombre y la mujer han venido ambos a regalarme su historia, a deshacerse de ella. En un instante, han estado cara a cara a mi lado y no se han visto; parece que se han olvidado por más que se piensen, y la lluvia que nos moja no detiene al barro que lo oculta todo.
Soy un árbol castigado por ellos, obligado a vigilar los recuerdos que se ciñen sobre mí, que me invaden por ahora y hasta que un rayo de luz se filtre por un agujero en mi corteza, una ventana en la memoria que les cuente su propia historia, para que no vuelvan a olvidar. Hasta que los tiempos sean un tiempo, mi tiempo, su tiempo, como un solo reloj latiendo. Hasta que las gotas de arriba arrastren al suelo el barro, y los sólidos sean vueltos líquidos. Hasta que yo caiga y deje a todos salir, aunque nadie, nadie, pueda pelear contra el tiempo y ganar la batalla.
Soy un árbol. Uno de aquellos en pequeños cerros a los que acude la gente para contar un secreto. Y tú, tú serás mi confidente: el confidente de todos.
Mostrando entradas con la etiqueta decir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta decir. Mostrar todas las entradas
sábado, 12 de octubre de 2013
domingo, 6 de octubre de 2013
Quisiera decir mucho
Quisiera decir mucho, quisiera decirte mucho.
Lo primero que quiero decirte es que te extraño mucho, que extraño tu compañía, que extraño compartir los espacios. Que extraño ir a tu casa y que la señorita linda del servicio de seguridad no me pregunte adónde voy, aunque según yo para estas alturas ya cambió la gente que trabaja ahí. Extraño ir y poder comer quesadillas (extraño a Dios), sentarme al lado de tus xadres y charlar con ellxs por horas. Me dolió mucho no poder acompañarte cuando tus amigos fueron a cenar.
Estoy haciendo un viaje. Un viaje que para hacerse me ha obligado a tirar cosas por la borda, y creo que no pocas. Estoy haciendo un viaje en que enfrento mi miedo al vacío, y me veo cara a cara con la soledad. La soledad, quien ha resultado ser mi compañía.
No lo tomemos (a) mal, la soledad puede ser una gran compañera. La soledad me invita a amar tanto como yo necesite. He tocado la puerta de su casa y me ha abierto; me ha invitado a pasar.
Soledad, aquí estan mis credenciales.
Vengo llamando a tu puerta, desde hace un tiempo.
Creo que pasaremos juntxs temporales;
propongo que tú y yo nos vayamos conociendo.
Quisiera decirte mucho, pero tendrá que ser sin palabras. Si con miradas no entiendes, no podré ofrecerte más. La ambigüedad es destino, destino nuestro y de partituras entintadas: de palabras otras y de palabras a secas. Si lo quieres, tendrás que buscarme en lo que no diré.
Aquí estoy; te traigo mis cicatrices:
palabras sobre papel pentagramado;
no te fijes mucho en lo que dicen;
me encontrarás en cada cosa que he callado.
Quisiera decirte mucho, porque duele; duele mucho todo. Hoy es 6 de octubre; cumpliríamos seis meses. ¡Mentira! Seguro serían años, años. Pero quien va de mi brazo, de la mano conmigo, es quien callada me recuerda mi condición (de sujeto en ella, de sujeto en soledad).
Ya pasó, ya he dejado que se empañe
la ilusión... de que vivir es indoloro.
Qué raro que seas tú quien me acompañe, soledad,
a mí que nunca supe bien cómo estar solo...
Pero tengo que aprender y hay muchas lecciones aquí. ¡Pienso tantas cosas! Juego a no preguntarme, para obtener una respuesta, pero en ese mismo juego creo que preguntarme (incluso por la respuesta) puede ser una herramienta útil, siempre y cuando sepa que las fotografías que tomo para contestar se vuelven negativos de pasados, instantáneas de pedazos muy pequeños de mi entendimiento.
Soledad, aquí están mis credenciales.
Vengo llamando a tu puerta desde hace un tiempo.
Creo que pasaremos juntxs temporales;
propongo que tú y yo nos vayamos conociendo.
No es fácil. Claro que no. He escuchado una y otra vez que esto es parte de crecer. Lamento las formulaciones, pero la idea de fondo tiene mucho de cierto; es así como dejo que se empañe la ilusión de que vivir es indoloro. Lo asumo y trato no de ser fuerte pero sí consistente, y así continúo con mi viaje.
Ya pasó, ya he dejado que se empañe
la ilusión... de que vivir es indoloro.
Qué raro que seas tú quien me acompañe, soledad,
a mí que nunca supe bien cómo estar solo...
He pensado una y otra vez (desde los momentos teenage-angst que creyeron ser post-teenage-angst) que no es lo mismo estar solterx que estar solx. He creído que hay que aprender a estar solterxs, a disfrutar nuestra condición de no acompañadxs (que en realidad es una condición de "acompañadxs de otra forma"). Justo ahora creo que lo que me toca es aprender a estar solo, no soltero. Y a estar acompañado, sí, de otra forma.
Qué raro que seas tú quien me acompañe, soledad,
a mí que nunca supe bien cómo estar solo...
Y entre tanto, quisiera decir mucho, pero no sé cuánto sea prudente decir. Quisiera decirte mucho, pero creo que por ahora me quedaré queriendo (y que por ahora me quedaré queriendo).
viernes, 4 de octubre de 2013
Quisiera decir muchas cosas
Quisiera decir muchas cosas. Quisiera decirte muchas cosas.
La primera es que volvió a cambiar la empresa del servicio de seguridad del coto. Tenía una tasa de rotación de personal muy alta, así que las personas con las que me iba encariñando desaparecían de mi vida de un día para otro. (¿Habría de ser eso un preludio a que otras cosas que yo amo se fueran?) Por lo pronto, puedo decir que me da gusto haber hecho sonreír a varias de esas personas. Me da gusto haber hecho que me conocieran y reconocieran, que me vieran salir tarde para ir a clases y nos saludáramos con gestos lindos, con repetidas pero siempre nuevas sonrisas.
Extraño en especial la sonrisa amable, maternal incluso, de aquella mujer que nos dejaba pasar a deshoras, que jugaba a la complicidad inocente con nosotrxs. Morena, bonita. Luego de que ella se fue, llegó otra, una pequeña gordita que me sonreía ampliamente. Tiendo a creer que sus ojos eran verdes o azules, pero de un tono más bien oscuro, quisiera decir que sincero. Nos veíamos de día cuando yo salía apurado, y de noche cuando llegaba ya muy entrada la oscuridad. Parecía que trabajaba todo el tiempo sin parar.
También voy a extrañar al sujeto conflictivo. A ése que casi nos corre; qué cosas. A ése que nos había tomado cariño también a nosotrxs. A ése que no sabía que no nos volvería a ver caminar juntxs por aquí en meses, si es que volviéramos a hacerlo. A ése que yo no sabía que en semanas no volvería a ver.
Quisiera decir muchas cosas, porque muchas cosas han cambiado. Y porque muchas no van a cambiar.
Dice Alina que yo siempre lxs voy a extrañar. El aprendizaje estará en situarlos correctamente en mi biografía, que es trabajo bastante intenso. Y es importante: mi biografía no para de ser escrita.
Pareciera que estos días estoy llevando una materia intensiva sobre mí mismo. Lo más raro es que ni siquiera puedo faltar a clase, o ignorar al profesor mientras hago otra cosa... No puedo escapar de mí mismo: ya no.
Una trivialidad que quisiera contar es que siento como si hubiera una lista de personas regadas por ahí a las que les interesaría estar conmigo (personas que no me conocen mucho, personas que no he abrazado), pero que no moverían un dedo en esa dirección. Qué interesante es pensar que proyecto algo que las mantiene lejos en esa dimensión, si es que existen. Es como si tuviera un letrero de "hey, estoy ocupado", aunque charlando he llegado a la conclusión de que eso quizá favorecería que alguien se animara a intentar, irónicamente.
Una parte de mí quiere que pierda el control, me emborrache y me meta con quien pase en frente. Yo no soy así. Jairo me hizo una pregunta interesante: si yo planeara perder el control, y lo "perdiera", ¿realmente habría "perdido el control"? Sea como sea, no lo haré. No me emborracharé. No me meteré con quien pase en frente. Y si me emborrachara, no pasaría lo último. Bueno, a menos de que quisiera que alguien se callara. Ya sabemos que ebrio soy capaz de besar para cerrar bocas. #QuéTerrible
Supe por Roberto que no dormir por estar trabajando es una causa de cáncer. La fuente es 9-GAG, pero igual me golpeó el dato: renuncié a trabajar por lo menos por un mes. Estoy impactado y tratando de reconfigurar mis hábitos para tener una vida más saludable. ¿Te fijas cómo siempre estoy en pugna por tener una vida más saludable de alguna manera?
Quisiera decir muchas cosas, pero no sé cuánto sea prudente decir. Quisiera decir muchas cosas, pero por ahora me quedaré queriendo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)