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lunes, 30 de septiembre de 2013

De mis viajes alegres

Entonces subo a la bici de nuevo y todo se desaparece. Todo menos las calles, menos las mariposas en el aire y el viento en la cara. Esta vez hay más peso, y también me siento más ligero. A veces el esfuerzo tiene consecuencias contrarias.

Después de más de una hora regreso del parque, pero vuelvo a salir en minutos. Ahora voy en la calle. Las avenidas me obligan a ir a velocidad y parto el espacio mientras la voy respirando. Llego a mi destino, consigo el objeto mágico y maldito que me ayudará tanto, y como héroe, regreso en mi caballo de la posmodernidad chaira, otra vez por las avenidas.

Voy cantando. Canto sin que me importe hacerlo bien o mal. Canto, y canto fuerte.
Oh, she takes care of herself; she can wait if she wants; she's ahead of her time. Oh! And she never gives out, and she never gives in; she just changes her mind.
Ya no es que rompa el viento, es que soy el viento, que nos movemos juntos y silbamos al unísono.

Hasta que tengo que subir y no llevo suficiente impulso. Entonces hago un cambio de velocidad muy torpe y la cadena se va de vacaciones. Me hago a un lado y trato de resolver el problema. Mi poca destreza es suficiente para que un hombre de un carrito de fruta se levante con una bolsa en la mano, haga un truquito de magia y con lo que yo estoy haciendo la cadena quede en su lugar. Asombrado, le agradezco y me voy sonriendo.

A veces veo pedacitos de esperanza tirados en las calles, entre tanta negrura. Seguí cantando como tonto hasta llegar a casa; cargo cristales en los bolsillos.

martes, 6 de agosto de 2013

De vías, transportes y alumbrados públicos

Siniestro. En la avenida por donde corre el tren ligero me encontré otra vez con aquellos que duermen sobre cartón y sin techo más que la sombra de un edificio. Sombra que, como todo, de noche se les esconde a ellos, pues ese tramo ni siquiera está iluminado por las farolas callejeras que en otros lugares bailan, encendiéndose y apagándose.

Decenas de rostros después, estoy solo esperando el autobús. Qué ingenuidad: estoy afuera de una gasolinera y llego justo cuando mi camión va pasando. Así, otros cuatro que sí alcanzan a mirarme se van como si nada. Camino una cuadra más, a un lugar tan poco concurrido que jamás pensaría que un alma se pararía ahí. Pero se para.

Ya en el autobús, me siento hasta atrás. Hay luz suficiente para leer sin que sea siquiera poco molesto; lo hago. A dos asientos a la derecha hay un chico con un arreglo de globos rojos y rosas. Al cabo de un rato, un sujeto me pide permiso para sentarse a mi izquierda. Al tratar de hacerlo, su trasero me golpea la rodilla accidentalmente. Se disculpa. "No pasa nada." Dice algo, pero no alcanzo a escucharlo porque estoy usando audífonos. Huele raro. ¿Algún perfume feo?

No, no. Huele como a una bebida. ¿Cuál bebida? ¿O sólo a algo en una bebida? No consigo descifrarlo y sigo leyendo.

Minutos más tarde, dos chicas están por bajar del autobús. Escucho que alguien chifla. ¿Alguien chifla? La música del momento me hace dudar del recuerdo. El chico a mi izquierda profiere en voz alta piropos baratos a la mami que está más cerca de la puerta. Me molesto, me indigno; no soy el único: su amiga se da cuenta de lo que está pasando y voltea la cara, enfadada. Ella, en cambio, ni siquiera va a dignarse a voltear, pero para él pareciera que no importa que no le dé la cara: ya le ha dado las nalgas para verlas.

Ante la mami sin rostro, siento una molestia tremenda, no tanto ya por el sujeto a mi lado sino por la impotencia que cargo y me carga. La impotencia no es potencia perdida, sino convertida en fuerza aplicada en dirección contraria a la voluntaria. ¿Y las consignas feministas? ¿Y los ideales? ¿Y los reclamos? Todo eso se queda en mi boca cerrada por ahora: ¡huele a alcohol!

El sujeto trae una botella. Lo sé desde hace rato, y me animo a voltear por si es de vidrio. Es de plástico. Estoy a poco de decirle algo, de reclamarle, pero temo que se ponga más violento. Tengo miedo, tanto que quizá aun sin el alcohol habría tenido suficiente pavor como para quedarme callado, y el silencio oprime. Oprime tanto que las mamis se bajan y no digo nada. Él acerca su cabeza a mí, a la puerta, le grita: que te vaya bien. ¿Así como? ¡Carajo!

Desde los piropos que me quité un audífono y dejé de leer. Parece que el sujeto de al lado se ha dado cuenta. Parece que se ríe de mí y me insulta, pero se queda en eso: sólo se ríe, como sabiendo que el daño ya está hecho y que no puedo hacer nada. Y no tengo el coraje para decirle lo que ni siquiera sabe que acaba de hacer.

Me marcho, bajando yo también del autobús. A mí nadie me grita, ni me chifla. En la memoria, que a veces se contradice, tengo al autobús oscuro, iluminado sólo por la luz de la calle, la luz que no tienen los indigentes de Federalismo, la luz que ilumina a las mamis cuando vuelven a violentarlas. Y esa luz, al ser tan tenue, quizá haga más fácil que no sea la última vez de la noche.

Bocanada de humo

Escena 1
Voy en bicicleta. Suena un ruido metálico muy extraño, un golpeteo. Todxs me miran. Siento que hay conocidxs adelante de mí, también en bici. Me avergüenzo del ruido y disminuyo la velocidad: ya no se escucha. Un camión va detrás de mí. Doy las últimas vueltas a las ruedas y llegó a la plaza Libertad, me bajo de la bici y me dispongo a resolver el sonoro problema.

Saco la multiherramienta que jamás en la vida había usado: tiene un desarmador plano y uno de cruz. Uso el plano y remuevo un tornillo y sus rondanas. Quito un pedazo de fierro que mal sostenía la salpicadera de la llanta trasera. A mi izquiera hay dos chicos. Uno le dice al otro que puede entenderlo de noche o en la mañana, pero no a esta hora ni con tanto calor: viajar en bicicleta, los amantes de ella, los profesionales. Y yo que sólo tengo cabida, y apenas, en las primeras dos.

Escena 2
Después del paseo en bici, de lxs niñxs en él, de la mujer trans presentándose como tal, del festejo, de las fotos, de lxs viejxs amigxs encontrándose aunque sea en imagen proyectada, voy solo en la bici. Luego del apuro las gotas de agua se quedan atrás y ya no hay riesgo de mojarme. Tomo una gran avenida y en la glorieta de los caballos voy detrás de un autobús. De su escape sale una nube negra: el smog en mi cara no me permite respirar... ni ver. Me hago para un lado: suelto la bocanada de humo, ahora es mi escape y no el suyo.

Escena 3
Estoy sentado, escribiendo. Eran cuatro escenas y me comí dos. Las reemplazo por esto: qué molestia es el olvido... A veces.

¡Ahora recuerdo!

Escena 4
-No se puede, ¡no se puede!
Sigo en la avenida, kilómetros después. En un auto, uno de los dos sujetos de apariencia fresa que lo ocupan parece gritarme que no se puede. Estoy sudando: he ido a buena velocidad y el día ha sido cansado. Me volteo y pongo atención en los flujos viales. Él sigue gritando, gritándome que no se puede. Yo sé que sí, y no tengo que decirlo con palabras: las ruedas girando bastan cuando el semáforo vuelve a mostrar su verde refulgente.

Y entonces, cuando rebaso al auto del chico molesto, me doy cuenta de que sigo atrás del autobús. Y de su boca vuelve a mí la negrura. Y a mis ojos.